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When Carmen Dell’Orefice posed for Salvador Dalí in his suite at the St. Regis hotel, in Manhattan, in the spring of 1946, she was 14 and already a year into a modeling career whose unique, gravity-defying trajectory continues to gather momentum today.

Her evolution from shy, skinny teenager to still-sexy grande dame has been charted by the defining image-makers of successive generations, from Beaton, Avedon, and Penn to Bruce Weber, Terry Richardson, and Nick Knight.

Not bad for a girl who grew up in Depression-era New York, the daughter of a Hungarian dancer and an Italian concert violinist.

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Nació en 1932 en la cosmopolita ciudad de Nueva York, hija de un violinista italiano y una bailarina húngara. Quizá ese ambiente artístico y bohemio sea una de las claves de su elegancia, peculiar belleza e indudable estilo.

Comenzó a trabajar como modelo por casualidad, cuando la esposa de un fotógrafo amigo la animó a que posara para la publicación Harper”s Bazaar. Aunque esas fotos no se llegaron a publicar, ese mismo año, Clifford Collin se fijó en ella y la inmortalizó para la prestigiosa revista Vogue, con sólo trece años.
El resultado fue óptimo y en 1945, en medio de la triste posguerra, Carmen conseguía abrirse camino gracias a cuatro páginas publicadas con su imagen, en una de las revistas más famosas de la época.

Desde entonces, hace ya 57 años, no ha dejado de trabajar. Ha posado para los mejores fotógrafos (Cecil Beaton, Irving Penn…) y ha desfilado para grandes diseñadores (Thierry Mugler, Yves Saint Laurent…).
Sin embargo, se queja de cómo la profesión de maniquí ha dejado de ser un arte de musas y se ha convertido en un simple negocio.